Desde siempre he tenido toda la realidad muy estructurada en mi mente. Desde pequeña, todo lo que pensaba lo hacía con imágenes. El tiempo transcurrido en un año era una gran rueda en la que se iban sucediendo los meses ( rectángulos con los nombres de enero, febrero... ); en esa rueda, junio, julio y agosto iban de un color más oscuro y cuando llegamos a finales de diciembre la rueda se interrumpía y había un espacio en blanco para luego dar paso a enero. Hasta los días más importantes (cumpleaños, inicio de vacaciones...) iban señalados en esa imagen rotatoria. Que eso fuese así en una mente infantil puede ser normal pero sigo igual, es decir, sigo viendo esa rueda cada vez que me refiero o debo pensar en una fecha. Para mí es imposible desprenderme de ella y, la verdad es que no me importa. Me gusta ver el mes de enero en blanco y pequeñito y el mes de agosto en rojo y grande, por ejemplo.
También los días de la semana tienen una forma aunque ya no es una rueda sino una banda alargada que comienza con el lunes y termina con el domingo. Los días se van sucediendo como rectángulos separados por una línea pero cuando pienso en el lunes, veo el domingo delante de él aunque su unión no aparece en la banda inicial descrita. En fin, como digo en el título, no sé si todo esto es fruto de una mente infantil o de una estructuración demasiado estricta.
Mucho más complicada es la estructuración moral, es decir, la consideración que tengo de las distintas personas que conozco. En este caso, la imagen es una escalera (infinita, claro) en la que voy colocando a todos mis conocidos. Para que alguien esté en mi escalera necesita gozar de cierta importancia para mí, quiero decir que por el hecho de conocerlo no accede a ningún escalón; es necesario que esa persona signifique algo, que sea interesante o emocionalmente importante. Dependiendo de esa consideración estará más arriba o abajo y lo normal es que una persona vaya ganando posiciones según sea más estrecha mi relación con ella. De todas formas, hay una regla que no falla: si alguien baja de la escalera o sale de ella, nunca más vuelve a subir o entrar. Es cuestión de principios. Si esa persona me defrauda tanto como para causarme un gran dolor, significa que no merece mi confianza y por eso nunca más adelantará puestos. Dicho así puede resultar muy llamativo pero creo que si alguien te falla una vez, puede hacerlo mil veces más, por eso, teniéndolo claro, no te hará daño la próxima vez puesto que ya no confías en él.
En mi manía por poner forma a la realidad, llego a hacerlo con la oscuridad: cuando cierro los ojos, me gusta imaginar formas semejantes a las que se ven en un caleidoscopio o, a veces, en la oscuridad veo puntos de luz que caen en un abismo. Es muy divertido y me ayuda a conciliar el sueño.
Está claro que soy imaginativa pero..., ¿inmadura o infantil?